Escribiendo con fuego… y cumpliendo un sueño

¡Hola, mis niñas!

Sí, lo sé. Tengo este rinconcito de la web más abandonado de lo que me gustaría y, cada vez que entro, me prometo exactamente lo mismo: «Tengo que volver a escribir en el blog». Después la vida sucede y, últimamente, ha sucedido muy fuerte. Porque todavía estoy intentando asimilar todo lo que ha pasado desde que Escribiendo con fuego dejó de ser únicamente una historia mía para convertirse en una de esas cosas que, si me las hubieran contado hace unos años, probablemente habría respondido con una carcajada y un: «Sí, claro. Y mañana me llama Penguin».

Pues llamó Penguin.

O, para ser exactos, todo empezó con un mensaje. Uno de esos que lees una vez, luego otra y después una tercera porque tu cerebro conoce perfectamente todas las palabras por separado, aunque parece incapaz de comprenderlas cuando aparecen juntas. Habían leído mi novela y querían hablar conmigo. Mi novela. Creo que una parte de mí continúa atrapada en aquel momento, mirando la pantalla y preguntándose si aquello estaba pasando de verdad.

Después llegaron las conversaciones, los nervios y esa mezcla extrañísima entre ilusión y miedo que aparece cuando algo que has deseado durante muchísimo tiempo empieza a parecerse peligrosamente a la realidad. Porque fantasear con que ocurra es facilísimo. Lo complicado viene cuando ocurre de verdad y tienes que convencer a tu cabeza de que sí, que ese mensaje lleva tu nombre, que nadie se ha equivocado de escritora y que quizá deberías dejar de releerlo buscando la letra pequeña que diga que todo ha sido una confusión.

A partir de ahí empezó una aventura que no sabía cuánto iba a disfrutar. Volví a leer Escribiendo con fuego con otros ojos. Llegaron sugerencias, pequeños cambios, conversaciones sobre la historia y ese proceso tan curioso de dejar entrar a otras personas en algo que hasta entonces había sido solamente mío. Y descubrí algo que, reconozco, me daba bastante miedo: que una historia puede cambiar sin dejar de pertenecerte. Que puede crecer cuando alguien la mira desde fuera con cariño, respeto y ganas de hacerla todavía mejor.

Y entonces llegó uno de los momentos que más respeto me daba: la portada. Porque yo estaba enamorada de la mía y soltar algo que has imaginado, elegido y sentido como parte de la historia cuesta más de lo que parece. Sin embargo, Margarita consiguió darle una imagen distinta sin arrancarle aquello que para mí era importante. Conservó su esencia, la hizo crecer, y poco a poco empecé a mirar aquella nueva portada y a reconocer en ella a Dina, a Rubén y a esa historia que llevaba tanto tiempo viviendo conmigo. Creo que fue entonces cuando todo empezó a sentirse un poquito más real.

Mientras ocurría todo aquello, además, yo tenía que guardar el secreto. Y no sabéis lo mal que se me da. Bueno, probablemente sí. Me mordí la lengua tantas veces que debería haber llegado al anuncio oficial sin ella. Quería contároslo TODO: cada correo que me hacía sonreír delante del móvil, cada pequeño avance, cada decisión y cada vez que algo se hacía un poquito más real. Hubo muchos momentos en los que habría aparecido encantada en redes gritando: «¿SABÉIS LO QUE ESTÁ PASANDO?», pero no podía decir absolutamente nada.

Así que tocó esperar.

Esperar mientras por dentro tenía una especie de verbena montada y por fuera debía continuar haciendo vida normal. Y creo que esa fue una de las partes más difíciles y, al mismo tiempo, más bonitas, de todo el proceso: tener algo enorme creciendo por dentro mientras el resto del mundo todavía no sabía que existía. Contener la ilusión, los nervios y las ganas de compartirlo con las personas que lleváis tantos años acompañándome.

Hasta que, por fin, llegó el momento de contarlo. Y entonces explotó todo.

Llegaron los mensajes, las felicitaciones, las lectoras que lleváis años conmigo celebrándolo casi como si también fuera vuestro, y las que habéis llegado después. Llegaron las primeras fotografías del libro, los mensajes al encontrarlo en una librería, las historias compartidas y todas esas pequeñas cosas que quizá desde fuera parezcan normales, pero que a mí todavía consiguen dejarme mirando el móvil con cara de idiota.

No estaba preparada para muchas de ellas. Creo que sigo sin estarlo.

Porque publicar con Penguin Random House ha sido muchísimo más que ver uno de mis libros en una librería. También ha significado mirar hacia atrás y acordarme de todas las veces que escribí sin saber si alguien llegaría a leerme, de las historias que no funcionaron como esperaba, de las dudas y de esos momentos en los que inevitablemente te preguntas si algún día conseguirás llegar un poquito más lejos. Y ahora, cuando miro todo aquello desde aquí, entiendo que ninguna página estaba cayendo en saco roto. Ninguna historia sobraba. Todo, de una manera u otra, me estaba trayendo hasta este momento.

Hasta Dina y Rubén. Hasta Escribiendo con fuego. Hasta aquel mensaje que tuve que leer tres veces.

Y quizá esa sea la parte que más vértigo me produce de todo esto: comprender que nunca sabes qué historia puede cambiarte la vida mientras la estás escribiendo. Tú simplemente te sientas delante del ordenador, inventas dos personajes, te metes demasiado en sus vidas, discutes con ellos cuando no hacen lo que quieres y esperas que, cuando llegue el momento de soltarlos, alguien al otro lado consiga quererlos un poquito.

Esta vez ocurrió algo más.

Alguien llamó a mi puerta y, cuando la abrí, había uno de esos sueños que durante mucho tiempo parecen demasiado grandes para decirlos en voz alta esperando al otro lado.

Gracias por seguir aquí para verlo conmigo. Y, sobre todo, gracias a las que estabais mucho antes de que llamaran a esa puerta.

Porque vosotras ya habíais entrado ❤️

 

S.J García
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