💃🏻 ¡Hola, mis niñas!
Hay historias que nacen porque llevas meses dándoles vueltas. Otras aparecen después de una idea que anotas a toda prisa en el móvil para que no se te escape. Y luego están esas que llegan justo cuando no estabas buscando absolutamente nada.
La serie Amor en Sevilla pertenece a estas últimas.
Antes de conocer al Equipo de la Ligasión venía de escribir una historia completamente distinta: romance oscuro, tensión, suspense, secretos, traiciones… De esas novelas que consiguen que vivas durante meses con el corazón apretado y sospeches hasta del personaje que simplemente entra en una habitación a por un vaso de agua. Me encantó escribirla, pero cuando terminé tenía la cabeza agotada. Necesitaba salir de allí un rato.
«Necesitaba reírme».
Necesitaba escribir sin estar constantemente pensando quién mentía, quién escondía algo o qué desgracia iba a ocurrir veinte páginas después. Necesitaba dejar atrás esa oscuridad que empezaba a consumirme. Quería volver a sentir esa parte de la escritura que para mí siempre ha sido refugio: sentarme delante del ordenador, olvidarme de todo lo demás durante unas horas y divertirme.
Y entonces viajé a Sevilla, donde me quedé embelesada contemplando una boda. Ahí mi cabeza hizo clic. Bastaron una imagen, una canción, una mirada que dura demasiado, un roce inesperado… Una boda, unas cuantas decisiones bastante cuestionables y un grupo de amigas que se hacían llamar «Equipo de la Ligasión».
No voy a engañaros: yo tampoco apostaba demasiado por ellas.
En mi cabeza eran simplemente parte de aquella historia. Un grupo de amigas ruidosas, metomentodo, intensas y convencidas de que podían organizar la vida sentimental de cualquiera aunque la suya estuviese sostenida con cinta adhesiva. Llegaron para acompañar a los protagonistas, aportar humor y montar el caos necesario. Una historia autoconclusiva, una única novela…
¡JA!
Al menos ese era el plan… El problema es que ellas nunca han tenido demasiado respeto por mis planes. Conforme empezasteis a conocerlas, comenzaron a llegar mensajes. «¿Y ella?». «¿Va a tener historia?». «Necesito saber qué pasa con esta». «Por favor, dime que vas a escribir su libro».
Y claro, ¿cómo se supone que una escritora dice que no cuando sus lectoras empiezan a pedirle historias? Bueno, probablemente diciendo «no», pero eso yo no sé hacerlo.
Así que mi cabeza hizo lo que mejor sabe hacer cuando debería estar descansando: empezar a montar una película. De repente, aquella boda ya no era solamente una boda. Sevilla empezó a llenarse de posibilidades. Las amigas dejaron de ser secundarias y comenzaron a tener heridas, deseos, manías, secretos y personas capaces de ponerles la vida patas arriba. Después aparecieron sus familias, sus amigos, sus hermanos… y entonces cometí el error definitivo: empezar a querer también a los secundarios. Porque todos sabemos qué ocurre cuando un secundario empieza a tener demasiada personalidad: que termina pidiendo libro. Y lo peor es que algunos ni siquiera lo piden con educación.
Viggo, Rubén y Mario son buena prueba de ello. Llegaron sin intención de quedarse demasiado tiempo, se hicieron un hueco entre las páginas y, para cuando quise darme cuenta, ya estabais preguntándome cuándo iba a contar sus historias. Y claro, ahí estaba yo otra vez pensando que quizá podía resistirme.
«Qué mona».
Poco a poco, casi sin darme cuenta, aquel pequeño refugio que había creado para desconectar fue creciendo. Una historia llevó a otra, un personaje abrió la puerta al siguiente y algunos secundarios acabaron convirtiéndose en protagonistas porque vosotras decidisteis que todavía no habíais terminado con ellos. Sevilla terminó convirtiéndose en el escenario de un universo en el que todos parecían conocerse de alguna manera. A veces a través de una amistad; otras, por una hermana, un trabajo, una casualidad o uno de esos encuentros que parecen insignificantes hasta que, unas páginas después, descubres que no lo eran tanto.
Y creo que precisamente eso es lo que más me gusta de la serie Amor en Sevilla: que nunca nació pensando en convertirse en una serie. Nació para hacerme respirar, después me hizo reír y acabó convirtiéndose en una casa a la que siempre puedo volver.
Porque con cada novela he conocido personajes nuevos, pero también he tenido la sensación de regresar a los antiguos. De cruzarme otra vez con alguien al que ya quería. De descubrir qué ocurrió con aquella pareja después del «fin» o de comprobar que, mientras yo estaba contando una historia, en alguna esquina había otra empezando sin que todavía nos hubiéramos dado cuenta.
Y vosotras también habéis tenido muchísimo que ver con eso. Porque muchas de estas historias existen porque un día alguna de vosotras me escribió diciendo: «Ahora quiero la suya». Y yo pensé: «No debería». Después pensé: «Bueno, solo voy a imaginar qué pasaría si…». Y todas sabemos cómo termina esa frase.
Hoy miro todas las novelas de la serie Amor en Sevilla juntas y me hace gracia pensar que nada de aquello estaba planeado. Que empezó porque necesitaba alejarme durante un rato de una historia que me había exigido demasiado y terminé encontrando un universo entero.
Un grupo de amigas. Un montón de personajes que se negaron a quedarse en segundo plano. Y una Sevilla llena de historias que, por suerte, todavía sigue teniendo mucho que contar.
Supongo que algunas de las mejores cosas empiezan así: cuando solo buscas un lugar donde refugiarte y terminas encontrando un sitio al que quieres volver una y otra vez.
Gracias por seguir volviendo conmigo❤️