💋 Prólogo
—Entonces… que yo me entere: te ha dejado porque está pasando por una fuerte depresión y no puede ser su mejor versión para ti… —repite Tina, dramatizando cada palabra al más puro estilo de un monólogo de final de temporada.
No entiendo su necesidad de volver a zarandear el tema. De verdad. ¿Qué quiere? ¿Una cuarta ronda?
—Sí. Eso mismo te he contado hace una hora —respondo, intentando no bufar.
—Vale, ¿y tú qué le has dicho?
—Pues lo que ya te he explicado —respondo, levantando las cejas a modo de pesas de tres kilos—. Me dolió, claro. Pero me lo dijo con lágrimas en los ojos, Tina. Y terminamos llorando juntos, en plan escena indie con música suave de fondo. Sé que me quiere, lo sé, pero necesita sanar… Quiere que seamos amigos mientras tanto y… claro, ¿cómo iba a negarme a eso?
—Esther —dice bajito—. No quiero ser yo la que te diga estas cosas, pero eres muy lista para casi todo. ¿No te huele un poco raro?
«¿Perdona?».
—¿Cómo para casi todo?
Bufa. Bufa con fuerza. Casi puedo oírla relinchar igual que un caballo, y encima rueda los ojos con una intensidad que solo ella maneja.
—Solo te digo que eso de sanar para ser una mejor versión para ti… ¿no te suena un poco a cuento chino?
«Otra vez con la pullita».
Alza la mirada por encima de mi hombro, como si esperara una revelación divina detrás de mí. Me tienta girarme, lo juro, pero no voy a caer. No todavía.
—Tina, no sé qué me estás intentando decir —contesto, a la defensiva. Me estoy cansando.
—¿Cuándo pasó todo esto?
Pongo los ojos en blanco. Me dan ganas de pegarme un post-it en la frente que diga: Hace unos meses. Porque lo he dicho ya tres veces.
Hoy era día de chicas. De copas, de chismes, de no hablar de Ernesto. Pero claro, ha salido el tema. Porque lleva tiempo preguntándome por qué ya no quedamos en modo parejitas, ella con su policía buenorro, yo con… nadie. Porque, aunque hayan pasado meses, Ernesto y yo seguimos hablando. Todos los días. A todas horas. A veces, las videollamadas se calientan y terminamos olvidando que estamos «tomándonos un tiempo». Alguna que otra escapada, llamadas sin planear, conversaciones que se alargan hasta las tantas. Nos acompañamos. Nos queremos. Pero él necesita su soledad. Su espacio. Hay días en los que contesta con normalidad y otros en los que desaparece sin dejar rastro. Y yo espero. Porque me avisó. Porque me pidió comprensión. Y yo, en plan boba con corazón generoso y memoria frágil, se la estoy dando.
Aunque a veces me puedan las ganas y acabe repasando nuestras conversaciones, mirando nuestras fotos o stalkeando sus redes sociales con la esperanza de encontrar algo que me devuelva la tranquilidad. Echo de menos aquella época en la que todo parecía claro, donde no había dudas ni pausas ni excusas disfrazadas de introspección. Me repito que todo es cuestión de paciencia. Que, si aguanto lo suficiente, todo volverá a ser como antes.
—Ya te lo he dicho. Hace unos meses…
Tina vuelve a mirar por encima de mi hombro. Esta vez, me empieza a picar la curiosidad. ¿Qué coño hay detrás de mí? ¿La Virgen María? ¿El cartel de Te lo dije en letras luminosas?
—Vale… aunque me parece fatal enterarme ahora. Y, aun así, esta historia me sigue pareciendo rarísima.
—Ves demasiados k-dramas. Estás viendo fantasmas hasta en los anuncios de yogures.
—Habla la que se bebe las temporadas enteras en una noche, sin pestañear.
Levanto mi copa y brindo hacia ella. Me ha pillado, no lo niego. La contemplo a través del cristal, con cuidado, tratando de leerle los pensamientos en las burbujas del vino. Hay algo que le ronda la cabeza. Una sospecha. Quizá no le va tan bien con su poli perfecto. A lo mejor están en esa fase en la que la rutina se lo traga todo, y no sabe cómo contármelo. O puede que se les haya acabado la «luna de miel» y ahora estén a gritos por los cojines del sofá.
«Seguro que es eso».
—Tina, si tienes algo que contarme, ahora es el momento…
Ella baja la vista. Cuando vuelve a alzarla, hay algo distinto. Determinación. O eso quiero creer. Entrelaza sus dedos con los míos sobre la mesa y, en silencio, sus labios se separan.
«Ahí está, me lo va a contar. Sabía que tenía razón, qué perspicaz soy».
—Nena… creo que a Ernesto ya se le ha pasado la depresión.
Parpadeo. Una vez. Dos. Tres.
«¿Qué?».
Tina me observa con una intensidad que me quema, como si lo que ha dicho fuera evidente y la respuesta estuviera escrita en mi cara con rotulador permanente. Sus ojos, de nuevo, se deslizan hacia el maldito espacio detrás de mí. Y entonces giro. Lenta. Casi a fotogramas por segundo y cuando estoy a punto de romperme el cuello por la tensión…
Lo veo. Y la boca se me desencaja.
«El capullo de Ernesto se está comiendo los morros con otra».
Y no es un beso confuso. No es un saludito francés. No. Es un beso con todas las letras. Con lengua. Con hambre. Con traición de la que se clava en el costado y te deja sin aire. Siento una arcada subiendo desde el estómago. La comida se me queda atascada en la garganta. Estoy a una cucharadita de protagonizar El exorcista en mitad del local.
De repente, noto que los dedos de Tina aprietan los míos. ¿Está intentando anclarme… o frenarme? Intento soltarme del agarre de Tina, pero la cabrona tiene más fuerza que yo. Seguro que entrena con Viggo. No hay otra explicación. Ladeo la cabeza, sin entender nada.
—Suéltame.
Su mano se ha vuelto un cepo alrededor de la mía.
—No —dice, negando con la cabeza—. Será mejor que nos vayamos.
—Y una mierda.
Tiro de ella con tanta fuerza que se levanta de golpe y, de paso, medio bar gira la cabeza para ver el espectáculo. Incluidos los protagonistas de la fusión amorfa, porque ahora mismo Ernesto ya no es Ernesto. Es La Cosa. Una masa repulsiva mezclada con saliva ajena.
«Joder».
Nuestras miradas se cruzan, y en ese segundo eterno, lo veo todo. Cómo recula la lengua y vuelve a meterla en su sitio. La chica que lo acompaña se gira, despacio, sin comprender, y clava su vista en mí. Tina me suelta los dedos y, con reflejos de ninja, me aferra del brazo antes de que me dé tiempo a reaccionar, pero ya es tarde.
—Ernesto… ya veo que se te ha pasado la depresión. Y que mientras desconectabas, me tenías en el banquillo, por si acaso.
El asqueroso, porque no tiene otro nombre, se pone pálido. No en plan coreano sexy, no. En plan vómito repulsivo de cachorrito lactante.
—Te dije que estaba conociendo a otras personas…
—Ya, claro. Ahora a eso se le llama «conocer» —contraataco, marcando las comillas en el aire.
—Fui claro desde el principio —suelta, como si se lo creyera.
«¿Claro? ¿En serio?».
Y como si me pusieran una película de serie B o C, ni para cutre da, empiezan a desfilar imágenes en mi cabeza: todas las veces que me fue sincero. La noche que lloró mientras me decía que me quería, aunque estaba roto. La mañana que me mandó un audio de cinco minutos diciendo que no podía vivir sin mí… pero necesitaba tiempo. La vez que me llamó a las tres de la madrugada solo para decirme que había soñado conmigo. Todas. Una detrás de otra, latigazos en bucle.
Intento zafarme del agarre de Tina sin conseguir nada. Me invade un calor por el cuerpo que no sé si es rabia, vergüenza o ganas de llorar. Contengo el maremoto que me sube desde las entrañas, solo porque estoy rodeada de gente. Y porque he aprendido, a base de hostias, a no regalar más espectáculo del necesario.
Miro a la chica.
—Ten cuidado con él. Sabe interpretar tan bien el papel de «soy justo lo que necesitas» que te hará sentir una reina. Aunque, el día menos pensado… tendrá una «depresión», o necesitará espacio, o se irá a una cabaña en el bosque a reencontrarse consigo mismo. Y tú serás descartable. Porque eso significa que ya hay otra a la que conquistar. No le creas nada. Ni una palabra.
Tina entrelaza su brazo con el mío. Esta vez siento su calidez y su calma, esa que tan pocas veces deja salir, pero que cuando lo hace… me traspasa. Y sé que, sin palabras, me está diciendo que ya está. Que ya no hace falta seguir.
La chica me mira sin saber si apartarse o defenderlo. Y yo la entiendo, porque no hace tanto yo también fui esa. La que creyó en sus ojos brillantes, en sus frases perfectas y en las promesas que parecían escritas por un guionista con complejo de salvador.
Quería decirle tantas cosas. Contarle la decepción que todavía me araña por dentro, la traición que me quema la garganta, el dolor que se me ha instalado justo en el centro del pecho, donde antes latía la esperanza. Decirle que no es su culpa. Que él sabe exactamente cómo parecer inofensivo mientras clava el dardo justo donde más duele.
«Porque estaba ciega. No quise ver. Aunque todas las señales me avisaban… y yo las ignoré».
Quería gritarle a Ernesto todo lo que callé por amor. Por miedo. Por no romper lo poco que quedaba. Pero al final… no he dicho nada más.
Porque a veces, el mayor acto de amor propio es cerrar la boca y marcharse sin dar explicaciones.
Aunque te sangren las palabras por dentro.
Si después de este prólogo te quedas con cara de «vale, pero ahora necesito saber cuándo aparece Jin y cuándo se besan», tranquila: la historia continúa en Amazon.